Hoy
me apetece más que nunca salir corriendo, quedando pendiente cerrar la puerta y
tirar la llave, reventarme los oídos con una canción que me descargue, alguna
de marea o extremoduro.
Estrés,
quizás, no todo el que debería. Pero por algo o no, soy feliz.
Se
desmorona el mundo hay fuera, y yo, solo quiero poder abrazarte y sentir esa
seguridad, si, la misma de cuando estas
huyendo desesperadamente de algo y ese algo se desvanece. La misma que cuando
te despiertas un sábado a las ocho de la mañana y tienes tres horas más por
delante para dormir. La misma de no perder el bus y llegar a tiempo. La misma
de quererte así y sentirme querida de igual forma.
Y
es que después de cada tormenta siempre llega la calma. Entre la cortada
respiración fugo la satisfacción que emerge de tu mirada. Hacerte llegar con
lágrimas en los ojos y derramarme por tus mejillas acariciando tu piel con
miedo a que, tan solo seas uno de mis muchos sueños tan reales y efímeros.
Agonizo
en el calor de la noche suplicando tus besos, ansiando respirarte, deseando
rozarte con la punta de la nariz y deslizarme por cuello, delimitando ese juego
que me vuelve loca, desquiciando mis ganas de ti, ahogando esta ausencia a
golpes de lágrimas en mi almohada…
Queriendo
y necesitándote un poco más.

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