Girar la llave, empujar la puerta,
caminar tras cerrar la misma puerta y levantar la vista deseando encontrarla,
sentada esperándome...
El recuerdo de su sonrisa, el “buenos
días, que tal” que le sigue.
Algo tan burdo como sentarse en el mismo
sofá de todos los días… ella hace que sea especial.
¿Has desayunado? No, ¿Te preparo algo?
No (prefiero comerte a besos, despacio sin que mi hambre se entere de lo
insaciable que puedo ser cuando se trata de ti.)Pero no se lo digo.
Shhh, ¿Lo oyes? Silencio…
Tan cerca que podría respirar cada
latido de su corazón.
Vagos intentos de estudiar, fingiendo
comprender entre reglón y reglón algo de “condicionamiento clásico”, queriendo
repasar mi materia favorita sus labios…
Horas… Te miro, me miras y sonríes,
entonces comprendo que me costará la vida estar sin ti. Qué me adapte a estas mañanas
llenas y cómodas contigo, a los finitos minutos de sábanas tiradas, al calor de
las últimas mañanas, al aceite que resbala, a tus manos en mi espalda… Podría
acostumbrarme al calor espantoso de Graná.
Y llegan las 13:00. ¿Rubia has visto la
hora que es? ¿Qué hora es? Son “las” una. Una hora menos en Canarias. Con toda
la tranquilidad del mundo lo dices, haciendo que sonría.
Fijas los ojos, fijo mis ojos, te
acercas, me acerco… Te quiero, y yo a ti. Y dejo que resbale esa lágrima al
terminar de besarnos, mientras te abrazo.
¿Sabes que el lo peor? Que cuando vuelvo
a girar las llaves en la cerradura,
después de acompañarte a la parada del bus, sigo con la esperanza de que tras
empujar la puerta, estés todavía frente a mí sonriendo.
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