viernes, 8 de junio de 2012


Girar la llave, empujar la puerta, caminar tras cerrar la misma puerta y levantar la vista deseando encontrarla, sentada esperándome...
El recuerdo de su sonrisa, el “buenos días, que tal” que le sigue.
Algo tan burdo como sentarse en el mismo sofá de todos los días… ella hace que sea especial.
¿Has desayunado? No, ¿Te preparo algo? No (prefiero comerte a besos, despacio sin que mi hambre se entere de lo insaciable que puedo ser cuando se trata de ti.)Pero no se lo digo.
Shhh, ¿Lo oyes? Silencio…
Tan cerca que podría respirar cada latido de su corazón.
Vagos intentos de estudiar, fingiendo comprender entre reglón y reglón algo de “condicionamiento clásico”, queriendo repasar mi materia favorita sus labios…

Horas… Te miro, me miras y sonríes, entonces comprendo que me costará la vida estar sin ti. Qué me adapte a estas mañanas llenas y cómodas contigo, a los finitos minutos de sábanas tiradas, al calor de las últimas mañanas, al aceite que resbala, a tus manos en mi espalda… Podría acostumbrarme al calor espantoso de Graná.
Y llegan las 13:00. ¿Rubia has visto la hora que es? ¿Qué hora es? Son “las” una. Una hora menos en Canarias.  Con toda la tranquilidad del mundo lo dices, haciendo que sonría.
Fijas los ojos, fijo mis ojos, te acercas, me acerco… Te quiero, y yo a ti. Y dejo que resbale esa lágrima al terminar de besarnos, mientras te abrazo.

¿Sabes que el lo peor? Que cuando vuelvo a girar las llaves  en la cerradura, después de acompañarte a la parada del bus, sigo con la esperanza de que tras empujar la puerta, estés todavía frente a mí sonriendo.

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