Tiembla bajo la sábana, el miedo sacude duramente cada parte de su
cuerpo y ella, cobarde no se desgasta en evitarlo.
Sigue, a pesar de lo años, sintiendo un pánico aterrador a las
tardes frías y oscuras de invierno, al silencio que amenaza con despedazar cada
partícula de valentía que recrea tras la manta.
Allí está, perdiendo los segundos mientras idea un plan que la
enloquece aún más, tratar de articular el auxilio que le haga funcionar de
alguna de las maneras, para poder escapar de la encerrona que su cerebro
orquesta muy a su pesar.
No puede continuar esperando, ansiando blandir una espada que no tiene
y matar unos monstruos que no existen. Se está volviendo loca y lo sabe.
Nadie, ni si quiera ella hace nada por impedirlo. Va cayendo, como
un yunque desplomándose a trecientos kilómetros por hora desde lo alto de un
rascacielos.
Y en vez de desplomarse, debería estar soñando…
Sigo esperando que alguien encienda la luz cada maldita noche…

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