Apriétame
el vacío que yo, que yo no puedo gritarle más.
Salí
por patas de aquí, por miedo a encontrarme de frente.
Esta
alma descosida pero no rota, con retales
de recuerdos, me levanta cada mañana a
modo de consuelo, como paño de lágrimas que quita mocos pero aflige mucho más
que el día anterior.
Perdida
entre mi ayer, el hoy, y lo que podrá ser mañana.
Entre
las dudas y la indecisión se ahoga la angustia del otro lado de la cama, llena
de espacios infinitos, de caricias efímeras contadas tras segundos después del
próximo beso. Ese que se desesperar por esperar, desorientado en el tiempo,
acusado de vagar en la eternidad incompleta sin un ti que no habita espacio.
Entonces
se antecede mi sentir al no poder
percibir que el mundo es justo.
Visiones
desenfocadas perturban el pensamiento y huyo a cada instante por tropezar
contigo. Y la suerte o el destino, como jodidamente quieran llamarlo, no nos
pertenece. Como todo en este bastardo y compungido universo.
La
realidad comienza a darme igual, hasta un punto que las abstracción me parece
mucho mejor. Allí me quedo volviendo a recorrer los senderos que tan largos se
me hicieron.
El
pasar del tiempo…

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