Desde aquí, sin luz, en la sombría celda del olvido, le escribo al odio palabras de amor, con la esperanza de recibir una respuesta, con la esperanza de sobrevivir a este aire putrefacto, que contamina mi interior, recarcomiendo mis entrañas, haciéndome desear arrancármelas y morir en la soledad.
Condenada por aquello que no hice y desee hacer, condenada por no desear lo hecho, y haberlo cometido. Condenada a no recibir tus besos, condenada a vagar entre el miedo y la soledad, condenada a quererte, todavía un poco más.
Tirada en el duro y agrietado suelo suplico al miedo que abra la puerta, que deje salir, aquello que hoy me encierra entre barrotes y no me deja a penas subsistir.
Y me acusa el duro juez de la sabiduría, que me mira atentamente, calculando mis gestos, y entrometiéndose donde otros no pueden.
Tengo como abogado defensor, un corazón malherido, viejo y desfasado por los años.
Que le digo al viento, si el rozar de tus labios me hizo cometer un libre pecado.
Que le digo yo a mi imaginación, si me hizo soñar con tu olor.
Que le digo yo a mi fantasía, si me hizo imaginar que me pertenecías.
Que le digo yo a mi razón, si me hizo fantasear con tu corazón.
Que quieres que te diga… No es cierto que le cuente al amor una historia sin solución.
No es cierto que en la soledad de mi triste presión te añore por cada uno de aquellos instantes.
No es cierto que cuente las horas de mis sueños para saber nuestro aniversario.
No es cierto que recorra su cuerpo de memoria.
No es cierto que sepa a que saben sus labios.
No es cierto que recuerde cada uno de sus gestos.
Y no es cierto señor juez, que todavía la siga queriendo.
Allí con el bello de punta, la mirada cristalina, tapándose la boca, se marchaba entre la gente, recorriendo la distancia de la habitación en dos zancadas, huyendo de mi destino, y apartando todo aquello que era nuestro.
Y desde entonces pago condena propia por decir aquello que me obligaron y no era cierto, por hablar de nada, por gritar en mi fuero interior palabras de amor, y no poder sacarlas.
Y es que mi cobarde corazón no me dejó escapar de esta prisión.
Y ahora me veo sentada, escribiendo hipocresía de ese día, y ya es bastante duro reconocer quien eres, pero más duro es tener que negarlo.
Y ya es bastante triste quererte, pero más triste es quererte y no deber hacerlo.
Condenada, por amarte y no saber reconocerlo.
Condenada por callarme todas aquellas cosas que mi imaginación nunca dijo, y siempre deseo hacerlo.
Condenada por prometer escaparme de esta celda y no liberarme de verdad.
Condenada por mi propio miedo, que me amordazo y me quito mi dignidad para restregársela. Para reírse de mí, en mi propia cara.
Amor, perdona si te digo te quiero, pero es lo que siento.
Amor, perdona si te digo que te echo de menos.
Amor, aunque yo sé que te falle, se que te queda un poco del aroma de mi piel sobre tu piel.
Amor, se que todavía recuerdas todos aquellos besos que un día no te regresé.
Amor, yo sé que probablemente me odies, pero el recuerdo de tu corazón, es lo único que hace, que de vez en cuando quiera escapar para tocar la libertad.
Perdóname amor si te quiero en este silencio y el miedo atrapa cada uno de mis deseos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario