Me he dado cuenta que hacerte sonreír, me hace sonreír también.
Que hacerte sentir bien, hace que me sienta mejor.
Que sitiándome mejor, soy capaz de ver las cosas de otro color.
Situarse al otro lado… Para verme de lejos, tumbada debajo de ese árbol, aguantando las lágrimas y oscureciendo el paisaje, maldiciendo al mundo, necesitando culpables.
Ahora sé, que no merece la pena sentarse a esperar que pase el tiempo, dejando que la tristeza te consuma, pensando en lo mismo, mirando el suelo.
Son tantas las veces que hemos levantado la cabeza, y conseguido salir, salir de verdad.
Y el mérito no es mío. Es tuyo, totalmente tuyo.
Escribo esto, porque, y lo tengo que decir con la boca grande, me siento orgullosa de que seas la persona más importante de mi vida.
Si algo he aprendido de ti a lo largo de 21 años, es la gran fuerza de voluntad de defender tu vida con capa y espada por muy complicado que fuese, y hacerlo, no por supervivencia, sino por vernos felices a ambos.
Me gusta mirar al pasado, y ver que, todo quedó lejos, y aunque el miedo nos pille sin árbol para cobijarnos, prometo estar, donde siempre he estado, a tu lado.
Y aunque, débil y frágil, intentaré hacerte sonreír siempre, hasta que la vejez te separe de mí, y aún así seguiré queriéndote y viéndote en partes de mí.
Te quiero, no solo por darme la vida, sino, por enseñarme a caminar por ella

No hay comentarios:
Publicar un comentario