Llueve como si el cielo se fuese a desplomar en cualquier momento, y a pesar de ser las 6:46 de la madrugada y estar en la, digamos, “comodidad” del coche, entran ganas de salir a la calle, correr, y sentir así, en cierto modo, que aún estoy viva.
Dejar, que el frío penetre por la ropa, y me recale los huesos. Que las gotas de agua golpeen en mi cara, con fuerza, y resbalen hasta llegar a mi pecho, calando la camiseta, mojando a su vez mis pelos, y la espalda. Estar completamente empapada.
Y caer al suelo de rodillas, por no poder dejar atrás más terreno a esa velocidad, mirar mis manos apoyadas en el duro y húmedo pavimento, e intentar controlar los acelerados latidos de mi corazón, despertando de esta manera cruda, tan sólo para darme cuenta, de que aún estoy viva.

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