Caer, volver hacerlo, sentirte de nuevo en lo profundo de ese foso que se adhiere a tu piel, internándose en tu olor corporal ese aire a humedad, que irremediablemente te cala los huesos y te hace débil, tan débil, que no puedes levantarte y salir, tan débil, que tu voz, no deja salir ese grito de auxilio.
Y no pudiendo, o más bien, “no queriendo”, te habitúas, rellenas ese espacio con la soledad, con aquella sonrisa, con el brillo de aquella mirada, con aquellas palabras… Que quizás recuerdas, o tal vez, imaginas.
Este dolor, aturde hasta el último sentido, y pesa, pesa cada segundo que pasa, tanto que te revienta la cabeza, y te desvaneces, pasas, no intentas, no quieres, no deseas, no comprendes, ya no razonas…
Y queda dejado algo o todo, no sé bien.
Levantas la mirada, y ves tan lejos el final, que te abandonas al frío suelo, que de costumbre, tiene el molde de tu cuerpo reseñado en la piedra. Y la impotencia se sabe bien tu camino, casi mejor, que uno mismo. Así, contra la pared, sin llegar abrir agujero, te partes la crisma, para quitar de un golpe la poca consciencia que te dejó.
Mueren las ganas de salir, muere la última razón, muere todo junto al dolor, que preexiste por no ser olvidado, por querer rellenar el vacío que deja esa larga ausencia de tu “yo”.
Y un rayito de luz penetra en la penumbra, despertándote de tu aturdido mundo, recuperando ese olor, esa fragancia que vuela entre la última esperanza y el viento de aquel pasar, y vuelven las ganas de superficie, de levantarte para escalar, de respirar algo más que deshechos del ayer…
Por muy difícil que sea el largo camino, por más veces que se tropiece, la meta lo merece...

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