viernes, 25 de marzo de 2011

Dejar


Caer, volver hacerlo, sentirte de nuevo en lo profundo de ese foso que se adhiere a tu piel, internándose en tu olor corporal ese aire a humedad, que irremediablemente te cala los huesos y te hace débil, tan débil, que no puedes levantarte y salir, tan débil, que tu voz, no deja salir ese grito de auxilio.
Y no pudiendo, o más bien, “no queriendo”, te habitúas, rellenas ese espacio con la soledad, con  aquella sonrisa, con el brillo de aquella mirada, con aquellas palabras… Que quizás recuerdas, o tal vez, imaginas.
Este dolor, aturde hasta el último sentido, y pesa, pesa cada segundo que pasa, tanto que te revienta la cabeza, y te desvaneces, pasas, no intentas, no quieres, no deseas, no comprendes, ya no razonas…
Y queda dejado algo o todo, no sé bien.
Levantas la mirada, y ves tan lejos el final, que te abandonas al frío suelo, que de costumbre, tiene el molde de tu cuerpo reseñado en la piedra. Y la impotencia se sabe bien tu camino, casi mejor, que uno mismo. Así, contra la pared, sin llegar abrir agujero, te partes la crisma, para quitar de un golpe la poca consciencia que te dejó.
Mueren las ganas de salir, muere la última razón, muere todo junto al dolor, que preexiste por no ser olvidado, por querer rellenar el vacío que deja esa larga ausencia de tu “yo”.
Y un rayito de luz penetra en la penumbra, despertándote de tu aturdido mundo, recuperando ese olor, esa fragancia que vuela entre la última esperanza y el viento de aquel pasar, y vuelven las ganas de superficie, de levantarte para escalar, de respirar algo más que deshechos del ayer…
Por muy difícil que sea el largo camino, por más veces que se tropiece, la meta lo merece...

jueves, 10 de marzo de 2011

Absurdo total

Juego al que ganar se gana perdiendo, y perder se pierde ganando.
Besos que no saben a nada,  y nada es lo que sabe a beso.
Y con los brazos vacíos de un ti, que no existe, o que es imaginario.
Estas ganas de querer queriendo, y quererse sin querer.
De que puede ser, sea que se puede.
Sentir, no sintiendo, que se siente lo que no se está sintiendo.
Cuando él nunca, es jamás, y el jamás es siempre, siendo siempre un quizás, que se transforma en un tal vez, que se olvida sin querer, porque se quiere hacer.
Cuando duele este absurdo sin más, porque no hay motivos para que duela, y duele sin motivos, siendo los motivos lo que al final deja que ese dolor se convierta en herida de verdad.
Cuando el mundo se llena de nada, y ese nada ocupa demasiado tu todo, ese todo que no llena nada, y no te deja espacio para respirar.
Respiración que se corta, aun respirando porque lo necesitas, y vives sintiendo que al final de cada desaire, te falta un momento que te deja sin aliento, por el cual “merece la pena seguir viviendo”… miedo me da pensar que necesito no respirar para que la vida merezca la pena ser vivida.
Y mientras respiro callo, porque el silencio, dice más cosas de las que calla, no hablemos pues, dejemos que el silencio actué por sí solo.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Y todo sigue igual...

Ayer, antes de ayer, hace unos meses, años tal vez…
Incapacidad, da igual donde vaya y con quien, incapaz antes y ahora.
Y entran ganas de salir, de cambiar, de ir tan lejos que el cielo se queda cortísimo… pero como tantas veces, esas ganas se marchan, se esfuman, se hacen nada en dos momentos.
He de reconocer que en esos dos momentos casi alcanzo esa “plenitud”, me dejo ir, me dejo llevar, pierdo el control, mi necedad, me siento libre, quizás…
Se abrió un mundo nuevo, y sin saberlo, yo formaba parte de él. Shhh que no se entere nadie… Que este secreto forme colección junto a los otros.
Y callo más que hablo, y mira si hablo…
De repente, caer, hundirte, desmoronarte, la impotencia te recorre el cuerpo, y no puedes más que llorar, y ahí, justo en ese momento, me levanto, camino, miro alrededor, buscando no sé qué, y sigo, sin parar, echo a correr, desechando todos mis sentimientos, dejando atrás, algo que quizás vuelva, o quizás “nunca jamás”. Y en ese momento me siento libre, como si me tirara desde 100 metros y abriera los brazos para volar, libre, como si hubiese estado encadenada y las cadenas hubieran desaparecido, libre, como cuando respiras en la cima de una montaña tras llegar al final, libre, como una mariposa que se posa aquí o allá, da igual. Así, cierro los ojos, para después volver a abrirlos y mirar lo mismo.
Y todo sigue igual, no importa donde vaya, ni con quién, porque mis problemas están dentro. Eso es algo, que no puedo olvidar, y muy a mi pesar, tampoco tengo ganas de cambiarlo.
Por esa “felicidad completa” que jamás tendremos.