Horas que parecen días, días que parecen meses… ¿Cuánto tiempo más?
Indefinidamente… Una palabra que se repite, otra que la sigue, y juntas se estrellan en mi cerebro, no teniendo sentido, ni tampoco intentar dárselo. Frases incompresibles, con las cuales mi mente me acompaña a imaginar el pasar del tiempo rápido, queriendo acabar esta pesadilla, y bucear en lo profundo de ese mar…
Y queda tanto para eso…
Pero nos forjamos parte de ese futuro lejano en vente días y apenas diez horas, todo en una decisión que puede ser a, b, c o d; quizás, con suerte, verdadero o falso.
Y una vez llega ese esperado “último día” sientes miedo de perder más allá de ese tiempo invertido, la amistad de esa persona que se sienta detrás de ti, de la otra que está tres asientos hacia arriba, o tal vez, de la que se sienta a cuatro asientos de ti en la misma fila. Quizás de parte de la clase del a lado, o de personas que ni siquiera son de tu curso.
Y te consuela ese aún más largo tiempo, “el año que viene” nos volveremos a ver…
Pero ¿y esa gente que ya no volverá?, puede que la chica de las escaleras, sí esa, que te sonríe y te devuelve la mira, el año que viene no vuelva a estar, ¿quién sabe?
Jugamos con esa posibilidad… Con la posibilidad de que la vuelta sea, mucho mejor, que el tan esperado final.
Con la inocente responsabilidad de no tener este agobio, porque “empezaremos antes a estudiar”.
Con él consuelo de no llegar a las pendientes de septiembre.
Con la certeza de que estos meses me han aportado mucho más que “sabiduría psicológica”, algo más grande, personas valiosas en las que poder confiar, con las que pegarse una o más noches de farra, con las que poder contar en eso momentos de desesperación inmensa, o simplemente personas sin la cuales mi vida ya no sería las misma.
Es tan simple o tan complicado como “os voy a echar de menos”, lo que entre párrafo y párrafo de este temario enorme me hace pensar, sentir.

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