Tiembla… se tambalea en el
borde, un pelín más allá y caerá al vacío… Y ya no tiene alas para volar, ni
ángeles que apacigüen su caída lentamente, no tiene un cielo al que subir, ni
estrellas que observar…se va. Se apaga su
lucecita y no hay vuelta atrás.
Aturdida, inquieta y enferma
mente, que escrudiña entre el límite de ese abismo por darse motivos para
creerse aún más infeliz, que se fustiga con el látigo del sinsentido y confía en
él mismo. Qué presa de la locura inventa y se fía de sus propias historias a
base de pálpitos, presentimientos que ahoga en su propio corazón, que esconde
tras ese miedo que acusa por las esquinas sorprendiéndola a cada paso con más dolor. Vuelve a voltear y
se da de bruces con una realidad que la confunde todavía más. No hay salida… y
ella lo sabe.
Entonces de repente todo se
calla, ya no se busca tras el cristal del espejo, ya no asoma su cabeza por la
ventana tratando de localizar esa sensación… ha dejado de respirar, se
desprende, se desgrana en cada uno de sus sentidos y muere.
No queda nada…absolutamente
nada…ni huellas en la arena, ni rastro de pisadas en el suelo, el camino dejó
de ser sendero… para simplemente no ser… tanto como ella misma.

